El Conde de Arizón (al que Arizona debe su nombre) subió a la torre mirador de su palacio sanluqueño (en la foto) a comprobar si era verdad, que sí, que por fin llegaba el cargamento que salvaría su hacienda, su familia, su fortuna, su pasado y su futuro. Llegaba la nave cargada de todo desde las Américas, de alimentos y especias cotizados, bien conservados, hasta metales preciosos. Después de hacer la travesía que entonces, y ahora, es un prodigio, su esperanza se ahogó en la orilla. El barco, ya durante las tareas de aproximación al atraque, embarrancó, quizás patroneado por un antepasado de Schettino, tocó donde no debía y decidió irse a dormir al fondo del fin del Guadalquivir. Ante los ojos de los estibadores y los curiosos, al alcance de su catalejo, la carga que le daba sentido a toda su vida se mezclaba con fango, agua y arena. La vida, como suele, sólo necesita un segundo para hacer un regate. Un accidente lo cambiaba todo.
El Conde, como todavía quedaba honor y vergüenza, como aún era costumbre hacerse responsable de todo, tomó una decisión algo drástica, ligeramente brusca.
Puso, con cuidado de no rayarlo, el catalejo en el borde de la torre (hermana pequeña de las de Cádiz, de similar estética) y se lanzó al vacío, se tiró al carpetón, dicen unos, con tirabuzón intermedio peridorsal a lo Gregg Louganis, dicen otros. Pero se tiró. Y se hizo tanto daño en el excelentísimo pellejazo que murió exactamente del tirón.
Es una de las mil historias que esconde el hotel Abba-Conde de Arizón. Este establecimiento apenas tiene un año de vida (junio de 2011), aunque su historia se remonta al siglo XVII. La casa de Arizón, de hecho, fue reconocida por la corona hispaniola el 18 de marzo de 1748. La rehabilitación actual de su majestuosa sede duró casi diez años, fue sueño en los 80, proyecto en los 90 y realidad con el nuevo siglo. Está detallada en una pequeña exposición permanente. De hecho, no ha terminado del todo. En fincas anexas, comunicadas, aún se siguen construyendo apartahoteles, pisos…
Fue su jefe de cocina, José Luis Fernández Tallafigo (recordemos el nombre y sus manos) el que invitó a un grupo de blogueros gaditanos a conocer el sitio y sus apasionantes leyendas, en una ciudad en la que los relatos mestizos de realidad y fábula parecen brotar como la hierba. A pesar de su juventud, ya ha sido responsable de las cocinas del célebre bar El Espejo, también en Sanlúcar, y ha trabajado en el Guggenheim (Bilbao), el Relais&Chateau (Limoges, Francia), en Pan de Lujo (Madrid) o el Fair Play Golf (Benalup).
Todos los detalles, los números, los datos básicos y prácticos del hotel están en esta completa web, así que pasemos a lo que no se ve tanto. Me pareció precioso, magno el edificio. El patio central de columnas (foto) es una invitación a la lectura, a la vida contemplativa, un reducto de paz monacal. Debe de ser una delicia iluminado de noche.
Las habitaciones me parecieron encantadoras. Su altura es descomunal. De las tres dimensiones, la línea que va al techo es la más larga con diferencia. Eso confirma que es un hotel propicio para revolcamientos y revolcaciones. Y claro, como en la gimnasia (rítmica a poder ser), se precisa espacio hacia arriba, por aquello de las acrobacias y los saltos. La estructura original de cada habitación ha sido respetada escrupulosamente, por lo que el cuarto de baño, equipadísimo, es un bloque cuadrado, dentro, como dejado caer desde el espacio. De hecho, es, desmontable, efímero, para no dañar la configuración primitiva y protegida. Los pasillos, espejos, cada detalles de cada pasillo, hasta frisos y frescos conservados tras protección de metacrilato, recuerdan su pasado glorioso y dramático. Llamativa la innovación de dedicar algunas habitaciones, las más modernas y rompedoras, al mundo de las bodegas, ocupando su arco tradicional y todo, con barriles y barricas serigrafiadas y enormes en las paredes. La decoración interior de las alcobas no está recargada, los colores sí, pero eso invita a la lujuria. Al menos, a la mía que, la verdad, se autoinvita enseguida. Las líneas rectas, simples, todo rollo minimalista, poquito, agradable y funcional en cuanto a adornos. Los ventanales también recuerdan donde estamos. Siglos nos contemplan. La piscina es testimonial y el recinto apenas tiene ningún atractivo interno para ir con niños. Sanlúcar sí tiene miles. 
Más allá de la recomendación romanticona, de dos rombos, también puede ser muy práctico para negocios, bodorrios… Tiene dos salones de tamaño medio y el potencial del patio mentado, y sobre todo de otros al aire libre junto al restaurante, me parece enorme para encuentros y celebraciones. A destacar una preciosa cava en mitad del patio, ahora usada como almacén pero a la que podrían sacar un enorme partido. Es una virguería de oscuridad y frescor bajo tierra. El restaurante, un lujazo, pero de eso hablamos en otra entrada, lo que se dice fueraparte.
Está bien ubicado, en la avenida central de acceso a la parte baja de Sanlúcar y al paseo de la feria, pero le han hecho una gran putada. Delante de la fachada (discutible la estética, el tamaño del nombre y los colores de la cara principal) han quedado dos estructuras semiderrumbadas. Parecen almacenes o bodegas, así abandonados, muy cerca, muy desagradables. Tapan buena parte de la entrada del hotel. Lo hacen casi invisible y le dan un aspecto de deterioro que nada tiene que ver con el interior. Los responsables del sitio, para mayor dolor, admitieron que tiene difícil solución burocrática a corto plazo.
Esos mamotretos tan feos, a cambio, ofrecen dos grandes ventajas: facilitan el aparcamiento en esos solares de aire bombardeado y esconden un cuatro estrellas en el que apetece mucho, pero muchísimo, esconderse. Pero mucho, mucho. Para no salir. A mí se me ocurre una compañía perfecta. Qué digo, se me ocurren varias. Decenas. Cienes. Dios mío, ya van por miles. Basta, basta.

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