Mira que habremos hablado de sitios para cenar, de lugares, recetas, platos o ambientes, pero no hemos comentado lo más importante: la conversación.
En una cena (si es entre íntimos, peor) existe una amenaza fantasma que es la relajación. Uno prueba el vinito, hum, qué rico, y luego se echa otra copa, y otra, y pica algo, y otra copa. Cuando no se quiere dar cuenta está cometiendo uno de los más peligrosos errores que hay en esta vida, pensar que la vida es bella, que tus acompañantes te quieren tal cual, ser sincero, bajar la guardia y decir lo que hace o piensa sin el menor recato. A quién se le ocurre.
A mí, en una cena con colegones del alma hace poco, se me escapó, así inocentemente, una barbaridad, una incorreción política, un borderío, un bastinazo: admití que veo el teletexto. Y no sé qué pasó que ya nadie habló de otra cosa. Yo comenté que lo miro a veces, una vez al día o cada dos días. Los demás comensales no es que se rieran, es que llegaron a
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